Nos mató el tiempo mientras esperábamos en aquella estación
a un tren, no importaba si de ida o de vuelta, el caso era escapar de aquí.
Pero nunca llegó, bueno, en verdad sí que lo hizo, pero nos faltaron agallas y
en esos segundos en los que nos planteábamos subirnos o no, se fue. Se fue
dejando el reloj estancado en las tres de la madrugada de aquel día, se llevó
todo, lo arrasó dejándonos en ruinas y así estamos. Perdón, así estoy. No sé ni
lo que escribo, te llamo tren y pienso en segunda persona del plural, cuando no
soy más que yo. Pero olvida todo esto,
de verdad. Olvida que te quiero, que te echo de menos. Olvídate de mí, de
verdad. Yo ya me las apañaré, de algún modo, no sé cuál, pero lo haré. Al fin y
al cabo te lo prometí, ¿no es así? Parece que fue ayer cuando me abrazaste y me
susurraste que te prometiera que iba a estar bien. No me gusta romper promesas,
así que creo que es mejor que me olvides a que esperes que vuelva a ser la que
fui. Dicen que aceptamos el amor que creemos merecer, acepto la ausencia de tu
amor, que te olvides de mí no puede doler más que esto. Pues dicen que una de
las tres formas más rápidas de morir es cuando quieres a alguien que no te
quiere. Pero cuando le quieres de verdad, cuando sientes que esa persona tiene
tu corazón agarrado entre sus manos y sientes que solo con ella podrás ver
claro el futuro, que sin ella solo existe el pasado. Más dolor no hay, olvídame,
será más sencillo.
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