Ayer a las doce y cuarto de la noche, cogí un boli y taché el
último día de verano. Arranqué la hoja del mes de agosto del calendario y
decidí escribir atrás, no escribí nada del otro mundo, simplemente escribí una
verdad que ojalá hubiera sido mentira. La verdad de que he contado los días
que quedaban para vernos desde los últimos dos besos. La verdad de que te he
pensado todos los días. La verdad de que no te he olvidado. Porque puedo
dejarte de amar, pero no te puedo olvidar. Puedo decir tu nombre con desgana,
tocar tu mano sin dejar de respirar y hablar de ti como si fueras un completo
desconocido. Puedo decirle al mundo entero que ya no te quiero, que fuiste un capítulo
de mi vida, que no quiero verte, decirle que hay millones de chicos que te dan
cien mil vueltas. Puedo engañarte. Pero yo no me puedo engañar. No puedo mirarte
así sin más, como tú me miras. No puedo escuchar tu nombre sin temblar. Puedo
decir que no te quiero, pero cada vez que pasas por mi lado siento como el corazón
se encoge, crecen mariposas en mi estómago, se pone ese nudo en la garganta, se
me ilumina la mirada y dejo de respirar, por si ese instante se va en un
suspiro. Puedo controlar mis palabras, pero no lo que siento.
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