lunes, 1 de septiembre de 2014

Puedes cerrar tus ojos a las cosas que no quieres ver, pero no puedes cerrar tu corazón a las cosas que no quieres sentir.

Ayer a las doce y cuarto de la noche, cogí un boli y taché el último día de verano. Arranqué la hoja del mes de agosto del calendario y decidí escribir atrás, no escribí nada del otro mundo, simplemente escribí una verdad que ojalá hubiera sido mentira. La verdad de que he contado los días que quedaban para vernos desde los últimos dos besos. La verdad de que te he pensado todos los días. La verdad de que no te he olvidado. Porque puedo dejarte de amar, pero no te puedo olvidar. Puedo decir tu nombre con desgana, tocar tu mano sin dejar de respirar y hablar de ti como si fueras un completo desconocido. Puedo decirle al mundo entero que ya no te quiero, que fuiste un capítulo de mi vida, que no quiero verte, decirle que hay millones de chicos que te dan cien mil vueltas. Puedo engañarte. Pero yo no me puedo engañar. No puedo mirarte así sin más, como tú me miras. No puedo escuchar tu nombre sin temblar. Puedo decir que no te quiero, pero cada vez que pasas por mi lado siento como el corazón se encoge, crecen mariposas en mi estómago, se pone ese nudo en la garganta, se me ilumina la mirada y dejo de respirar, por si ese instante se va en un suspiro. Puedo controlar mis palabras, pero no lo que siento. 

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