- Tienes que entenderme.
- ¿Y te crees que no lo hago? ¿Te crees que no sé cómo están
las cosas?
- Si lo entendieses, habrías respetado lo que te dije.
- Que lo entienda no
quiere decir que deje de sentir.
- Ya lo sé, pero…
- ¿Sabes que es lo que pasa? Que el que tendría que entender
eres tú. Tendrías que entender como me siento cada vez que me dejas con la
palabra en la boca, como me siento cada vez que hablas de lo feliz que te hace
ella.- le corté.
- Pero, ya sabes lo que hay. – me contestó apartando la
mirada.
- ¿Qué ya sé lo que hay? Eres un cobarde –dije empujándolo.– un
cobarde...
- Por favor, no me hagas esto.– dijo agarrándome los brazos, para separarme.
Roto. Todo roto otra vez. ¿Cuánto tiempo seguiremos así? Es como si cada vez que las cosas van mejor, buscamos cualquier pequeña excusa para empeorarlo todo. Porque ya no sabemos lo que es mejor, si hacer lo que sentimos en cada momento o si contenernos y no decir palabra alguna cada vez que estamos juntos.
Vuelve una última vez. Vamos a hacer las cosas bien.
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