domingo, 4 de diciembre de 2016

Que te quieran bien.

Una vez creí que nunca más iba a sentir, pensé que había sentido tanto que ya no cabían más sentimientos en mí. Afortunadamente, supongo, no era cierto. De repente apareciste tú como si nada, para acabar como si todo. Llegaste a mi vida, con tu media sonrisa llena de sueños; llegaste con tus manos llenas de acordes, componiendo canciones que han acabado siendo la banda sonora de mis días, todas ellas con el mismo ritmo, ese que también sigue tu corazón; llegaste con tus ojos llenos de luz y cada vez que te vas... tu ausencia trae tristeza, es como si un tsunami fuera a venir, se hace un silencio intenso y todo deja de ser normal.

Ahora que vuelvo a sentir(me), empiezo a cuestionarme si merece la pena volver a hacerlo, volver a sentir todas estas cosas tan preciosas que siento y quiero darte, pero no puedo. Luego te veo, me sonries y entonces sé que vale la pena sentir todo esto porque lo mereces, mereces tantísimo que te quieran, que no poder hacerlo me supera cada día y cualquier día de estos me pueden las ganas y acabo comiéndote a besos. Si es que, mereces que te quieran bien. Ya sabes, que te quieran besar en ese punto de tu cuello, ahí donde te vuelve loco; que te quieran acariciar el pelo cada noche mientras te susurran que eres lo mejor que tiene el mundo; que te quieran abrazar cada mañana al despertar a tu lado; que te quieran morder el labio en cada beso; que te quieran hacer el amor en cada rincón del mundo y en cada rincón de tu cuerpo; que te quieran coger de la mano y llevarte a dar una vuelta por el universo, ese que se crea cuando sonries; que te quieran, joder, que te quieran mucho, tanto como yo; que te quieran, como mínimo, hacer feliz.

Y que lo seas.

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