Quiero y no puedo, no soy capaz de dejarte a un lado, olvidarte, apartarte. Quiero y no quiero dejar de quererte. ¿Por qué? A qué se debe esta maldita necesidad de sentir como tu nombre aprisiona mi pecho dejándolo vacío, casi incapaz de seguir latiendo. Se debe, supongo, a esa maravillosa sensación que produces en mí cada vez que dices mi nombre como si nunca nadie lo hubiera dicho antes. También tendrá algo que ver el hecho de que hayas aparecido y formes parte de mi vida, aunque haya sido algo fortuito, aunque haya sido el mejor regalo que me ha dado el destino.
Ponerte en mi vida, conocerte, saber de ti, escuchar tu risa, sentir el mundo que hay en tus ojos. Respiro. Quererte, imaginar la cantidad de cosas que podríamos hacer y ser, besarte, soñarte. Respiro. Tu mano, la mía; tu lengua, mis dientes. Respiro. Tu risa, mi oído; tu respiración, mi pecho; tu voz, mi vuello. Y ya no respiro. Sin aire pero completa; llena de vida, llena de ti.
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