martes, 1 de noviembre de 2016

Madrid contigo.

Madrid anocheció con la luna llena tras la ventana de tu habitación, el sonido de los coches era imperceptible al lado del sonido de tu respiración que, agitada, entrecortaba tus palabras: "Te quiero". No sé cuántas veces mordiste tu labio inferior, pero sí sé que cuando lo hacías todos los semáforos se ponían verdes y parar era cuestión de ganas, ganas que ninguno de los dos tenía. Seguías, entonces, mirándome fijamente, dibujándome y sonriendo a cada poro de mi piel. Yo, acompañaba a tu respiración, acariciaba tu pecho con mis manos y besaba cada centímetro de tu cuello. 

Madrid amaneció con un sol radiante en un cielo despejado, las calles llenas de personas, pero sin vida. Ella estaba encerrada en nuestras cuatro paredes, la vi cuando abriste los ojos a mi lado y tus labios se curvaron hacía arriba. Te acaricé el rostro y lo besé, como si no lo hubiera hecho antes. En seguida me abrazaste, respirabas suavemente, pero podía sentir tu corazón latiendo a toda velocidad: "A partir de ahora cualquier amanecer perderá su sentido si no estás a mi lado". Cogí tu mano y la besé, me apoyé en tu pecho mientras nuestras manos habían encajado completamente, como nosotros lo hicimos. Lo cierto es que no solo los amaneceres perderían sentido, todo en el mundo lo haría, hasta yo lo perdería sin él. Suspiré intentando asimilar la cantidad de poesía que se había escrito en esa habitación en apenas ocho horas.

- ¿En qué piensas, petita?
- Si te vas dejarás un vacío en mí que será inasumible.
- Yo no quiero irme de tu lado, la vida sin ti es...- se muerde el labio- No es. La vida sin ti no es.

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