lunes, 13 de junio de 2016

El mundo es nuestro.

Para poder comprender por qué hay cosas que nunca acaban, he de hablaros de él.

Es la causa de cualquier terremoto de mi cuerpo cada vez que siento sus dedos acariciando mi piel. Son mis ganas de morir en sus caderas cuando clava sus pupilas en las mías. Las ansias por morder sus labios cada vez que sonríe. Morder, morderle, mordernos, perdernos. Causantes de una tercera guerra mundial entre dos cuerpos que estallan como una bomba atómica, llevándose por delante miles y miles de vidas, sin importarnos nada más que llegar muy lejos. Luego, una vez hecho el desastre, fruncimos el ceño y preguntamos por qué, otra vez nuestras pupilas en contacto y comienza el ciclo de siempre.

Rincones escondidos en nuestros cuerpos, callejones sin salida, te quieros inevitables. Dos locos en acción, buscando cordura en la mayor locura jamás cometida. Nosotros que prometimos tener cabeza, la perdemos para perdernos y encontrarnos tras el juego de nuestras lenguas.

Él tan pólvora y yo tan mecha, siempre que nos unimos, estallamos y nos rompemos en miles de pedazos que siempre nos llevan al mismo lugar para empezar de nuevo el mismo juego de siempre. Con las mismas ganas y las mismas razones, el mundo gira a nuestro compás.

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