lunes, 30 de marzo de 2015

Son las cosas que más queremos las que nos destruyen.

Comprender que lo que no es, no podrá ser,  es una razón para marcharme a tiempo. Huir es un reflejo que sale solo, no puedo controlarlo. Cuando las cosas van bien, me asusto, porque no quiero decepcionarte ilusionándome, entonces huyo. Salgo corriendo y me escondo, le digo a mi razón que por favor comprenda a la tuya. Pero entonces empiezo a encontrarme sola y a echarte de menos. Y vuelvo a ti, porque tenemos algo, que no nos permite estar lejos. Al igual que tenemos algo que no nos permite estar cerca. Tenemos un punto medio, la línea que separa lo que yo quiero y tú no. Una línea que no puedo evitar traspasarla, porque quiero llegar más allá de “esto”, pero que tú te paras en ella, al borde del precipicio, paras y te estancas ahí. Sabes hasta donde, yo no.


Así que nada. Tranquilo que esto suele pasar, ¿no? Cuando huyo siempre vuelvo, no importa que me esperes o que no. Pero, ¿Qué pasa si ya no? ¿Qué pasa si no vuelvo? ¿Qué pasa si pienso que si tú no vienes es porque no me quieres en tu vida? Porque es así. A veces huyes, no sabes a donde, te vas. Y no sabes volver. Y te pierdes, para siempre, en el laberinto de sus ojos. No puedes salir y él no va a buscarte. Te quedas ahí, escondida, para siempre.  

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