sábado, 5 de marzo de 2016

Detrás de la tormenta siempre llega la calma.

Eran las seis y tres de un viernes, el viento soplaba fuerte, avecinando la tormenta que iba a llegar. La tormenta que nadie, nunca, habría imaginado: nosotros. Pasó como ocurre todo aquello que nunca esperabas, rápido pero lento, no sé si me explico. En treinta segundos pude contar 100 latidos de mi corazón.

  -    ¿Me perdonas?- dijiste con tu tono burlón.
  -  Qué remedio.


Estalló tu risa, haciendo eco en mi cabeza. Me abrazaste y ahí, apoyada en tu pecho, quise no poder moverme nunca, inspiré tan fuerte que me llevé también tu aire. Fue entonces, cuando íbamos a decirnos adiós que nos quedamos a menos de un centímetro y yo me acerqué a ti. Ojalá pudiera decir que lentamente, pero lo hice con tantas ganas, con tanta rabia, que no sé cómo no desgasté tus labios. No podía respirar, me estabas robando el aire, pero me daba igual. Podría haberme ahogado ahí, en ese momento y no me habría importado. Treinta segundos en ti. Treinta malditos segundos en los que viví más que nunca. Treinta segundos a los que les siguieron nuestras miradas de no saber qué hacer, de no saber adónde ir, ni qué decir; nuestra respiración agitada, recuperándose de aquella pequeña muerte. Y me fui, como quien no pudo celebrar el gol de Iniesta de tanta felicidad que sintió. Di tres pasos y me giré, tú seguías ahí, con los ojos igual de abiertos y la respiración agitada. Clavé mi mirada en la tuya  y sonreí, como si de repente hubiera recobrado la vida. No tuve el valor de acercarme a ti y me fui, dejando atrás esa tormenta; ya no había viento, ahora todo estaba calmado. 

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