Eran las seis y tres de un viernes, el viento soplaba fuerte,
avecinando la tormenta que iba a llegar. La tormenta que nadie, nunca, habría
imaginado: nosotros. Pasó como ocurre todo aquello que nunca esperabas, rápido
pero lento, no sé si me explico. En treinta segundos pude contar 100 latidos de
mi corazón.
- ¿Me perdonas?- dijiste con tu tono burlón.
- Qué remedio.
Estalló tu risa, haciendo eco en mi cabeza. Me abrazaste y
ahí, apoyada en tu pecho, quise no poder moverme nunca, inspiré tan fuerte que
me llevé también tu aire. Fue entonces, cuando íbamos a decirnos adiós que nos
quedamos a menos de un centímetro y yo me acerqué a ti. Ojalá pudiera decir que
lentamente, pero lo hice con tantas ganas, con tanta rabia, que no sé cómo no
desgasté tus labios. No podía respirar, me estabas robando el aire, pero me
daba igual. Podría haberme ahogado ahí, en ese momento y no me habría
importado. Treinta segundos en ti. Treinta malditos segundos en los que viví
más que nunca. Treinta segundos a los que les siguieron nuestras miradas de no
saber qué hacer, de no saber adónde ir, ni qué decir; nuestra respiración
agitada, recuperándose de aquella pequeña muerte. Y me fui, como quien no pudo
celebrar el gol de Iniesta de tanta felicidad que sintió. Di tres pasos y me
giré, tú seguías ahí, con los ojos igual de abiertos y la respiración agitada.
Clavé mi mirada en la tuya y sonreí,
como si de repente hubiera recobrado la vida. No tuve el valor de acercarme a
ti y me fui, dejando atrás esa tormenta; ya no había viento, ahora todo estaba
calmado.
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