Es cierto que si no te olvido es porque no quiero hacerlo.
Que si pienso que eres único es porque quiero que lo seas. Porque quiero que
tus besos no sepan como ningún otro y que tus manos me hagan temblar como
ningún terremoto sería capaz. Y no, te juro que no soy masoca. Que no me gusta
el dolor, que está claro que somos de donde lloramos, pero siempre querremos ir
a donde reímos. Así que, por esto mismo, soy de ti y quiero ir a ti. Eres la
razón por la que me levanto todos los días, pero también la razón por la cual no
me quiero despertar. ¿Merece la pena todo esto? A ver, una cosa es que te quiera
y otra que sea gilipollas. Tener el corazón tan roto, y rompértelo más aún día
tras día no merece la pena. Ni por nada, ni por nadie. Pero tú, puede que sí que valgas la pena, porque no quiero
olvidarte, ni dejar de quererte, no ahora. Y es que cuando lo que cura es lo
mismo que lo que daña, no hay nada que hacer. O estás enferma con dolor o estás enferma sin él. Y ante estas dos opciones, cualquiera en su
sano juicio elegiría la segunda. Si es que estar contigo es como viajar a la
velocidad de la luz y te sientes infinita, estar a tu lado es rozar el cielo
con los dedos; y, a ver, ¿quién volverá a hacerme viajar a la velocidad de la
luz? Nadie, es demasiado imposible, como nosotros.
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