lunes, 24 de noviembre de 2014

Stop the clocks forever.

Te apreté la mano, con toda la fuerza del mundo. Te apreté la mano y cerré muy fuerte los ojos. Y pedí, por favor, que el tiempo se parará. Y lo hizo. Se paró justo ahí, en medio de esa plaza de esa ciudad perdida. Las nubes dejaron de moverse, la gente desapareció y tú sonreías. Después, cuando te solté, supe que seguirías riendo. No me equivocaba. Recuerdo que me preguntaste:
 -          ¿Qué haces?
-          Nada, intentaba parar el tiempo. 
-           Estás loca, ¿cómo vas a parar el tiempo?

Yo te miré, me quité el reloj de la muñeca y te lo enseñé.

-          He cogido tu mano y mientras, he parado el tiempo.
-          Las once y veintiuna…
-          Las once y veintiuna del mejor día de mi vida.
-          Aun te quedan muchos por vivir, no te precipites.- Dijiste mientras mirabas                              profundamente en mis ojos.      
-          Bueno, no me precipito, pero… es igual, jamás lo entenderías.
-          ¿Por qué?
-          Porque para mí, todos los días contigo son los mejores días de  mi vida.

Y sin dejar de sonreír, te acercaste y me abrazaste. Y apoye mi cabeza en ese hueco mágico entre tu cuello y tu hombro. Y apretaste con tus manos mi espalda y besaste mi pelo. Y eso te hacia mágico, saber cómo y cuándo dar un abrazo, eso nadie lo hacía tan bien como tú y nunca nadie lo hará. Porque seguiré agarrando otras manos, pero en mi muñeca izquierda seguirá ese reloj que marca las once y veintiuna del mejor día de mi vida.

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