Te apreté la mano, con toda la fuerza del mundo. Te apreté
la mano y cerré muy fuerte los ojos. Y pedí, por favor, que el tiempo se
parará. Y lo hizo. Se paró justo ahí, en medio de esa plaza de esa ciudad
perdida. Las nubes dejaron de moverse, la gente desapareció y tú sonreías.
Después, cuando te solté, supe que seguirías riendo. No me equivocaba. Recuerdo
que me preguntaste:
- ¿Qué haces?
- Nada, intentaba parar el tiempo.
- Estás loca, ¿cómo vas a parar el tiempo?
- ¿Qué haces?
- Nada, intentaba parar el tiempo.
- Estás loca, ¿cómo vas a parar el tiempo?
Yo te miré, me quité el reloj de la muñeca y te lo enseñé.
- He cogido tu mano y mientras, he parado el tiempo.
- Las once y veintiuna…
- Las once y veintiuna del mejor día de mi vida.
- Aun te quedan muchos por vivir, no te precipites.- Dijiste mientras mirabas profundamente en mis ojos.
- Bueno, no me precipito, pero… es igual, jamás lo entenderías.
- ¿Por qué?
- Porque para mí, todos los días contigo son los mejores días de mi vida.
Y sin dejar de sonreír, te acercaste y me abrazaste. Y apoye
mi cabeza en ese hueco mágico entre tu cuello y tu hombro. Y apretaste con tus
manos mi espalda y besaste mi pelo. Y eso te hacia mágico, saber cómo y cuándo
dar un abrazo, eso nadie lo hacía tan bien como tú y nunca nadie lo hará.
Porque seguiré agarrando otras manos, pero en mi muñeca izquierda seguirá ese
reloj que marca las once y veintiuna del mejor día de mi vida.
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