Las nubes invadían el cielo, el sol no aparecía y me acordé
de ti. Salí a la calle y el aire fresco me puso los pelos de punta como cuando
mis labios rozaban tus mejillas. De repente empezaron a caer gotas de agua, caían
en mi cara, en mi pelo, resbalaban por mis brazos y no me importaba, la lluvia
me recordaba a ti. No sé muy bien por qué. La lluvia oscurecía todo el cielo,
hacia noche el día, era algo único que pasaba de vez en cuando. Como tú, como
lo que me pasa cuando estoy contigo. Eran las cinco y cuarenta y siete de la
tarde y había empezado a llover, y yo también quería llover. Necesitaba
descargar la lluvia que se acumula en mis ojos, pero no lo he hecho. He vuelto
a prometerme que mañana sería el día en el que me armaría de fuerza e iría a
decirte que odio esta maldita situación de sentirme transparente cuando paso
por tu lado. Que ilusa, para que engañarnos, la fuerza es el pie del que cojeo últimamente.
Y así desde hace un tiempo, pero si no tengo la fuerza es porque tengo un miedo
terrible a perderte, aunque creo que eso ya lo hice hace tiempo, no quiero volver
a cagarla. Porque al final es lo mismo de siempre; hablaremos las cosas, los tres primeros días haremos
como si todo fuera estupendamente, pero de repente, seré una desconocida.
Estamos muy lejos de lo que éramos o al menos creíamos ser. Ya lo dije, que
aquel adiós iba a ser doloroso, y además largo. De los que te dejan una pequeña
cicatriz aunque la herida se cure. Un adiós que olvida todo. Y empezar de cero
tampoco se me da muy bien. En realidad no sé si hay algo a parte de quererte
que se me dé bien; y si lo hay, lo he olvidado.
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