No mereces que te quiera, ni que malgaste ni una sola
palabra más en ti. Tampoco mereces ser mi pensamiento las veinticuatro horas
del día, ni mis lágrimas nocturnas, ni mis sonrisas diurnas. Porque no, no lo
mereces. No mereces que te quiera de la forma en la que lo hago, porque en vez
de mirar de frente a mi corazón, sales corriendo, huyendo por patas de todo lo
que quiero darte. No te culpo, ni te lo reprocho, simplemente te digo que no
mereces que te quiera. Porque no has sabido apreciarlo lo suficiente, porque no
lo has querido hacer y todo se ha reducido a un montón de momentos que no paran
de repetirse en mi memoria, como si fuera un disco rayado. Todo fue y eso es
todo. Ni tú, ni yo lo quisimos, pero pasó y acabó estallando. No pudiste
soportarme porque fui muy pesada ahogándome cada vez que te ibas y rogándote
que te quedaras cuando tú no querías estar ahí. Pero estabas y eso es lo ilógico
de todo esto. Estabas y te quedabas como si algo te obligara a hacerlo, algo
como por ejemplo la cantidad de destrozos que habías dejado en mí, ¿cómo seguir
huyendo del mayor homicidio del mundo? Por eso te quedaste, porque eras
culpable y huir solo te haría serlo más, porque yo estaba tan triste que sabias
que si te veía marchar acabarías machacándome por completo y eso jamás te lo
perdonarías. En cambio, yo sí que lo habría hecho, te habría perdonado las
veces que hiciera falta, porque habría comprendido que te fuiste porque no había
ni una razón por la que quedarse, porque a veces hay que ser muy valiente
para marcharse y yo lo habría entendido. Tal y como entendí que no te fueras. Aun
así, no mereces que te quiera porque te quedaste a mi lado, en silencio, sin
saber cómo decir olvídame, pero yo
siempre lo leía entre líneas. No supe pararlo, ni pararme y, por supuesto,
tampoco supe quedarme. Porque me quede y punto. Me quede y todo, mi vida, la
música, la poesía, los atardeceres, todo se volvió blanco y negro. Por eso ya
nunca reconocí lo que tus ojos querían decirme y por no irme yo, acabaste
huyendo tú. Pusiste un punto a una historia que ni si quiera había empezado,
una historia que jamás tuvo una trama, ni un título, solamente dos tristes
personajes: uno que solo tenía un montón de sentimientos para el otro y, el
otro que no sabía dónde meterlos y acababa tirándolos a la
basura. Porque lo sé, sé que te has desecho de todo lo que te hacia recordar
que había sentido algo por ti, porque te has desecho hasta de mí. Menos mal que
has sido tú el valiente, alguien tenía que serlo. Pero nunca has merecido que
te quiera, porque te he dado tanto que me he quedado en nada. Porque me has
hecho sentir que los sentimientos no valen nada, que hay que deshacerse de
ellos o estás bien jodida. Y ya no volveré a sentir porque has hecho que no
quiera hacerlo, porque lo hice tan fuerte y te lo demostré tantas veces que
ellos también se han convertido en blanco y negro.
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