jueves, 21 de enero de 2016

Perdóname.

Se acabó. No quiero mirarte, no quiero hablarte, no quiero tocarte. No sé cómo poner un punto y final a esto, pero tengo que hacerlo. Has dolido tanto, que a veces pienso que quererte solo convierte todo lo que me rodea en catástrofes: yo salgo herida grave y tú ileso y único superviviente.

¿Cómo empezar con esto? Recuerdo que el primer día que te vi ni me imaginaba lo mucho que iba a necesitar tenerte en mi vida. No conocía nada de ti, ni tu nombre completo, ni el día que cumplías años. Conforme pasaron los días, empecé a verte de una forma distinta, porque tú esto nunca lo has sabido, pero un día te miré y nuestras pupilas chocaron, en esa milésima de segundo todo lo que había a nuestro alrededor dejó de existir, creaste así un nuevo mundo, ese que siempre llevabas contigo y que traías en tus pupilas. Lo que pasa es que no quise aceptar que ese era el único mundo en el que yo quería vivir, por eso tardé un año en entenderlo.

Llevaba dos meses y medio sin verte y te echaba de menos de forma inhumana, pero claro, tú esto tampoco lo supiste. Soñaba contigo y contaba cuántos días, cuántas horas y cuántos minutos quedaban para volver a verte. Hasta que volví a tenerte enfrente, fue raro porque sabía que algo estaba recorriendo el interior de mi cuerpo, pero no sabía muy bien qué era. En un mes dejé de negarme a sentir y comprendí que lo que me dejaba sin aire y me apretaba muy fuerte el corazón cuando sonreías no se trataba de una enfermedad, era amor.

Llegó un momento en el que no podía seguir guardando todo lo que sentía por ti, era tan grande que no cabía en mí y ya que me dejabas sin aire, sin palabras y sin ritmo cardíaco decidí escribirte para decirte que estaba loca por ti. Con el miedo a que decidieras alejarte de mí, esperé durante dos días hasta que viniste a hablar conmigo. Recuerdo exactamente cada palabra que dijiste, pero todo podría resumirse en dos: “somos imposibles”. Para qué mentirte, cada palabra que salió por tu boca fue un cuchillo que se clavaba directo en mi corazón y así es como acabé desangrándome, hasta que encontré un hospital entre tus brazos y conseguí salir con vida. Por aquel entonces, una parte de mi tenía la certeza de que estos sentimientos se borrarían en algún momento, necesitaba tener esa pequeña esperanza. Pero eso no importaba, porque lo que llevaba dentro era tan intenso que un día decidí reducir todo lo que había plasmado en aquel papel a dos palabras: Te quiero. Estoy segura de ese fue el “te quiero” más real que he dicho en mi vida, lo sé porque mi voz tembló tanto que parecía que hubiera un terremoto de número 7 en la escala Richter recorriendo mi cuerpo. Solo sé que después de eso, tu sonrisa se grabó a fuego en mi cabeza y no dejaba de dibujarla minuto tras minuto, día tras día, hasta que me la aprendí de memoria.

El verano entró de golpe en mi vida, cerrándote la puerta y diciéndome que te olvidara. Como respuesta le di noches de desvelo echándote de menos. Creo que fue el peor verano de mi vida, una parte de mi corazón te echaba tanto de menos que se vació y me quedé a medias. Los días pasaron lentos, pero pasaron y volví a tenerte enfrente, aunque salía corriendo siempre porque no podía mirarte sabiendo que no había dejado de quererte, porque no sabía cómo decirte que te había echado tanto de menos que más de una vez había pensado en ir a buscarte.

No hizo falta decirte que seguías siendo lo primero para mí, pero volvimos a hablar de ello porque te notaba tan distante que temía haberte perdido. Este fue el año en el que ambos supimos que las cosas se habían complicado mucho. Yo había decidido dejar de quererte, pero cada vez que pensaba en el futuro, solo lo imaginaba de tu mano. No podía tan siquiera imaginar mi vida sin ti, aunque irremediablemente ibas a tener que irte en algún momento. Lo único que me importaba era que estabas y con eso bastaba. Bastó hasta que no pude soportarlo más, entonces me negaba a cerrarte la puerta, porque no podía cerrarle la puerta a lo más bonito que había sentido en mi vida. Había días que te notaba tan cerca que pensaba que tú y yo éramos capaces de todo; otro, veía que entre tú y yo había mucha más distancia que un maldita conjunción. Una distancia que no se medía con números, que no formaba parte de ningún sistema métrico, una distancia que iba más allá de todo esto y se basaba en un “no te quiero”. Acabé completamente rota, hecha pedazos, sin rumbo y vacía, hasta que volviste a reconstruirme aquel día en el que me cogiste de la mano para decirme que no podías verme así, pero que no podías hacer nada, que no era tu culpa no sentir nada. Eres consciente de que lo hiciste mal, ¿verdad? Bueno, sé que no, no eres consciente de cómo me destroza ese sí pero no en el que me haces vivir constantemente.

En fin, un año más tarde acabaste conmigo. Perdón, yo acabe conmigo misma, porque quererte me estaba consumiendo y no había sido capaz de pararlo. Lo peor de todo es que tú sabías que yo no podía ni con mi alma, pero nunca supiste si hacías bien viniendo o yéndote, tranquilo, yo tampoco lo supe, ni lo sé. Como casi siempre que me rompías acababa escribiéndote, volví a hacerlo. Estuve escribiéndote casi durante un mes, una carta por día, en ellas solo te decía que mi vida no tenía ningún sentido si tú no estabas en ella, que cada vez que te tenía enfrente tenía que hacer un gran esfuerzo por no besarte, que yo solo quería hacerte feliz. Nada, absolutamente nada, fue suficiente para tocarte el corazón. Eso me mató, porque yo tenía las manos llenas de un montón de cosas para darte, cosas que para ti no eran nada. No podía entenderlo, no sabía cómo ni por qué. Tú solo me decías que te olvidara, que era la única forma de seguir. Yo nunca lo entendí, nunca te entendí.

Desde entonces, han pasado siete meses desde entonces y sigo igual. Viviendo días en los que creía no quererte que acababan en noches en las que me daba cuenta de que engañarme no servía de nada. Tú seguías en mi intacto y permanente, como un tatuaje. Al fin y al cabo eres un tatuaje, de fuego, lo tengo en el corazón. Yo, ilusa, pensaba poner fin en dos meses a algo que había estado creciendo durante dos años, como comprenderás es imposible. Ahora, han pasado tres años y sigues quitándome el aliento. He llegado a arrepentirme de quererte muchísimas veces, pero a día de hoy sé que nunca he hecho nada más sincero. Que no tengo que disculparme por sentir lo que siento, solo puedo pedirte perdón por no haber sido suficiente, por no haber estado a la altura y por no haber podido formar parte de tu felicidad.

No sé si estoy haciendo bien o no, pero a veces, tienes que alejarte del lugar donde más que vivir estas muriendo. Lo que pasa es que no sé si contigo estoy matándome o estoy viviendo, porque contigo todo parece más fácil y haces que todo valga la pena. Pero si sigo haciendo que mi vida dependa de ti, acabaré convirtiéndome en aire. El problema es que te necesito, que yo intento imaginarme mi vida sin ti y solo de pensarlo se me pone un nudo en la garganta, ¿sabes por qué? Porque sacarte de mi vida, así, ya, de repente, sin tener la certeza de si en algún momento volveremos solo hace que me arrepienta de miles de cosas. De no haberte besado, de no haberte dicho que eres el milagro más grande que se ha producido en el mundo, de no haberte cogido de la mano para decirte que estaba ahí, de no haber hecho lo que sentía, de no haberte hecho feliz. Pero sobretodo, me arrepentiría de haberme ido, de no haberle hecho frente a mis sentimientos, de no haber sido capaz de dejar de sentir.


Yo ya no sé qué hacer, hablo en serio. Te he dado todo, pero siempre tengo algo más porque sigo esperándote. Porque tengo la estúpida esperanza de que un día aparezcas para decirme que todo esto sí que ha valido la pena. Porque si decido alejarme de ti, lo único que haré será esperarte, porque te amo y creo que no hay un porqué mejor que esas dos palabras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario