Él era cariño, cada vez que tenía que agradecer algo venía y me abrazaba. Él era canción y no podías parar de cantarla nunca. El era playa y yo la chica de su orilla, esperando que subiera la marea y acabara empapándome por completo. Él era su forma de saber si estaba mal solo con mirarme a los ojos. Él era el típico sueño inalcanzable que todo el mundo tiene en su vida para darse cuenta de que no todo se puede tener. Pero también era sueño, porque nunca parecía real.
Él era amistad, siempre me escuchaba atento e intentada darme la mano para levantarme una vez tras otra. Él era corazón y todo lo que hacia se lo dictaba él. Él era increíble por muchísimas cosas. Tenía una forma de sonreír que ojalá pudiera verla el mundo entero para darse cuenta de que no son los tratados sino su sonrisa la que pone fin a las guerras. Tenía una forma de mirar que te hacia echar a correr por miedo a quedarte atrapada en sus ojos. Él era el que tenía mil y una razones para irse y siempre decidía quedarse. Hasta que le reproché que hubiera sido así y ya no volvió a ser conmigo.
Porque él era ese y nadie en su sano juicio sería capaz de echarlo de su vida. Excepto si te está matando, entonces has de hacerlo para poder vivir de nuevo. Y una vez vives de nuevo e intentas que las cosas sean igual que antes, ya no hay vuelta atrás.
Todo desparece.
Se esfuma.
Como si nunca hubiéramos sido juntos todo lo que tú eres. Como si nunca hubiéramos sido ca la canción número uno de nuestras vidas. Que a lo mejor no lo fuimos, no lo fui (eso seguro), pero sí que bailamos. Bailamos hasta decir basta, y bastó.
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