domingo, 7 de junio de 2015

A veces mañana tiene que esperar

Ayer me encontré con alguien, me dijo que te había visto, que estabas igual que siempre. Me dijo que ibas con ella, que ibais a comer por ahí y que parecías feliz. Sonreí  y lloré para mis adentros. Me dijo, también, que le habías dado recuerdos para todos, que nos echabas de menos. Y no borré la sonrisa de mi rostro, pero ella me dijo que si me encontraba bien. Le dije que sí, que me alegraba de que estuvieras bien. No me creyó, me pregunto si habían cambiado las cosas. Yo seguí sonriendo. Me dijo que seguía viendo lo rota que estaba en el brillo de mis ojos y en las ojeras de mi rostro. Me dijo que ya no se me daba tan bien sonreír por fuera mientras lloraba por dentro. Le dije que no podía evitarlo, que me había olvidado de cómo esconder la tristeza cuando te llevaste mi sonrisa. Le dije que te echaba muchísimo de menos, que me ahogaba cada mañana que me despertaba y sabía que no iba a verte. Le dije que no me encontraba, que nunca antes había estado tan perdida, que el mundo giraba demasiado deprisa, que yo necesita mucho tiempo, que necesitaba parar. Le dije que la vida se me había quedado muy grande, que ningunos ojos habían vuelto a darme la seguridad que daban los tuyos y que ninguna sonrisa que había dado las ganas de ser feliz que me daba la tuya. Le dije que necesitaba verte y que había estado mucho tiempo huyéndote. Le hablé del tiempo que nos habíamos dado. Le dije que no soportaba ni un segundo más de mi tiempo sin ti, que necesita volver a escuchar tu voz, volver a mirarme en tus pupilas.Y sin saber cómo, acabé llorando en su hombro y diciéndole que te amaba.

Sin saber ni cómo, ni por qué acabe en las escaleras de aquel bar, pasada la media noche, con el móvil en la mano y tu numero marcado. Y sin darme cuenta apreté al botón verde. Y sin saber por qué, contestaste. Y volví a llorar. Y te pedí que vinieras; que te necesitaba. Que estaba muy jodida, que necesitaba verte, que no tenía ganas de nada. Pero ya no recuerdo el resto. Desperté en casa de una amiga, con la resaca de mi vida, aún sin saber a qué sabía el alcohol. Le pregunté y me dijo que tenía que olvidarte. Volví a preguntar. Me dijo que me habías llevado a su casa, que me había quedado dormida en tu hombro.


Ella me preguntó y no tuve otra opción que contestarle. Le hablé de que seguías teniendo esa magia en tu sonrisa y que no pude evitar probarla. Le dije que me habías hechizado con ella. Le dije que no intercambiamos muchas palabras, que me apoyé en tu hombro y me quede dormida mientras me susurrabas que no podía estar así, que no querías verme así. Y volví a aprenderme de memoria el ritmo de tus latidos. Y ella me dijo que pasara lo que pasara, no podía seguir así. Yo le dije que me prometiste que ibas a volver hoy. Y ella me recordó que “a veces mañana tiene que esperar”.

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